La voz humana
sinopsis
Con libreto de Jean Cocteau, esta tragedia es un monólogo que nos habla de la desesperación, de la soledad, de la necesidad de amar y ser amados.
Una mujer está al teléfono en un último acto de desesperación para evitar que su amante la abandone, pero él ya ha tomado la decisión. La escena se sitúa en la habitación del apartamento donde ella vive y el cual ha compartido con el que era su amante hasta hace dos días.
Un viaje en el que poco a poco se sume en la desesperanza. Poulenc, con su música incisiva, nos transmite la angustia de una mujer vulnerable.
La escena se sitúa en la habitación de un apartamento donde ella vive y que ha compartido con el hasta hace dos días era su amante, con la cama deshecha y un cierto desorden. Está en camisón y con un abrigo por encima y desde que coge el teléfono se va desplazando angustiada por la habitación arrastrando el hilo a lo largo de toda la obra.
En esta atmósfera tensa se suceden una continuación de secuencias o fases de su inestable estado de ánimo, que el compositor subraya en paralelas secuencias musicales con personalidad propia. Contribuye a esta fragmentación la comunicación telefónica de la época, servida por una centralita, con interferencias, cortes e interrupciones. Después de unas tentativas fallidas, cuando consigue hablar con su amante, la primera secuencia está dominada por parte de ella por una actitud de naturalidad y de voluntad de superación claramente simulada ante la actitud preocupada que adivinamos en él, que se siente culpable y querría que todo sucediera con elegancia y suavidad. Es evidente que ella miente cuando le explica que, después de dormir con “una sola pastilla”, se ha vestido con elegancia y ha salido con una buena amiga, Marta… Le dice que puede mandar a alguien a recoger las cartas de amor que un día le escribió, que encuentra natural que las quiera…
Asegura después que no está haciendo “teatro”, que se siente fuerte aunque sea dura la situación, que ha decidido reaccionar con coraje, que en el fondo la culpa de todo es suya, que ha querido tener una felicidad loca, recuerda el día de la ruptura en Versalles,..
Recibe un golpe inesperado al saber que la boda de su amante (escamante) se celebrará al otro día y le dice que dejará las cartas al portero para que las recoja su mayordomo. Le dice que probablemente se irá unos días al campo, a casa de Marta. Unas dificultades del sonido telefónico hacen que intuya que él no está en casa como le ha asegurado. Con tono alegre y falso intenta adivinar cómo va vestido y cómo está haciendo dibujitos con la estilográfica mientras habla… Cambia de Inmediato de tono cuando habla de ella y se retrata envejecida, con la cara demacrada, empieza con los reproches…
La conversación telefónica se interrumpe y ella consigue conectar con la casa de él, donde el mayordomo le confirma que el señor no está ni piensa volver. Cuando es él quien consigue recuperar la llamada, le agradece que haya insistido, pero repentinamente se echa a llorar con desconsuelo. Con un nuevo y ahora radical cambio de tono, confiesa que hasta ahora ha estado mintiendo, pero que ello no soluciona nada y quiere decirle finalmente la verdad; no se ha vestido, no ha salido con Marta, ha estado a punto de tomar un taxi y presentarse frente a la casa de él y esperarlo en la calle… No ha comido nada, anoche no tomó una pastilla sino doce para acabar de una vez con su vida, se ha despertado por la mañana y al ver que la muerte no llegaba, ha llamado a Marta para no morir sola, su amiga ha traído consigo a un médico que la ha hecha recuperarse… Pera finalmente ha convencido al médico y a Marta de que se fueran porque esperaba su llamada y tenia miedo de que no la dejasen hablar…
Las palabras de él le dan ahora una inesperada sensación de afecto y le responde que se siente mejor, que vuelve a sentir la felicidad como cuando estaban juntos en la cama y ella apoyaba su cabeza en su pecho… Le promete que el médico ha de volver, le dice que no se inquiete, que la llame mañana otra vez… e insiste en que si no fuera por su llamada estaría ya muerta.
De repente, vuelve a cambiar completamente su estado de ánimo y sigue ahora una agresiva vindicación de su sufrimiento, de su pasión absoluta hacia él, la seguridad de que solamente puede vivir si él le habla. Asegura que cada día que ha pasado desde le ruptura ha sido mucho peor que el anterior, que su vida no tiene ni tendrá a partir de ahora sentido alguno… Ha roto todas sus fotos de una sola vez, con una fuerza inesperada…
Después de una interferencia en que una mujer al otro lado de la línea telefónica que ha escuchado parte de la conversación los pone en ridículo, intenta calmar la irritación del amante y con palabras halagadoras le dice que las personas ordinarias no pueden entender a un hombre superior como él, que no le dé importancia y se ría como hace ella…
La desesperación la domina de nuevo y rompe a llorar cuando comprende que solamente un encuentro cara a cara podría ayudarla a recuperar su amor, pero que con el teléfono, un aparato inútil y sin corazón, lo que se ha acabado, ha terminado… Lo intenta tranquilizar de nuevo con cierto tono de sarcasmo: uno no se suicida dos veces y no sabría la manera de comprar un revólver…
Insinúa, de manera capciosa, saber que él no le dice la verdad, que no está en su casa, pero que sabe asimismo que si la engaña es por bondad de su alma y para que no sufra, que eso le inspira todavía más ternura hacia él… Cuelga el teléfono mientras pide can insistencia a Dios que él la vuelva a llamar… Cuando lo hace, le dice que se ha cortado espontáneamente y repite la idea de que él miente por bondad y ella aún lo quiere más.
Se da cuenta de que la conversación no puede seguir indefinidamente y a la vez no se siente con fuerzas para terminarla, Le dice que ha colocado el cable del teléfono alrededor de su cuello para sentir más cerca su voz. Le pide que sea él quien asuma la decisión cruel de colgar el aparato. Le pide aun que cuando esté en Marsella con su nuevo amor no vaya al mismo hotel donde ellos hablan sido tan felices… Que no se enfade, que si no imagina dónde están no sufrirá tanto… Le da las gracias, le dice que es bueno y que lo ama…
Tras la evidencia de que no queda nada más que decir, se va hacia la cama con el aparato en la mano e insiste todavía en que sea él quien corte la comunicación, que ella es fuerte. El teléfono cae al suelo mientras ella va repitiendo desesperada «Te quiero» antes de echarse de bruces sobre la cama.
ficha técnica
Elle, Raffaella Angeletti
Orquesta, Orquesta Sinfónica de Tenerife
Director Musical, Alain Guingal
Director de escena, Román Calleja
Maestro repetidor, Satomi Morimoto
Escenógrafo y figurinista, Giuliano Spinelli
Diseño de Iluminación, Wolfgang von Zoubek
Asistente de escena, Amparo Pascual
Producción, Auditorio de Tenerife
Director de Producción, Franco Orsini
Asistente de Producción, Sara Delgado
Regidor, Peky Spaziani / Isabel Ibarra
Producción Técnica, Jorge J. Cabrera
Jefe de Maquinaria, Giambattista Turi
Jefe de Iluminación, Víctor Luque
Maestro de luces, Rubén Mayor
Sonido, José A. Romero
Sastrería, Victoria Álvarez / Ángeles Delgado
Maquillaje y Peluquería, Luro S.L.
Atrezzo, César Rodríguez
Jefe de Prensa, Carlos Vílchez
Marketing, Blanca Campos / Raquel Mora
notas del director
Podría parecer que una historia de hace ochenta años no tiene ningún interés. Que los personajes que entonces se retrataban, no existen en estos momentos. Que las relaciones humanas han cambiado, como ha cambiado la vida. ¿Pero ha cambiado de verdad?
“La voz humana” es el grito desgarrado de alguien que trata, en vano, de aferrarse a una historia que ha terminado, de asirse a las cenizas de un amor concluso, de engancharse a la vida de una última llamada ya agonizante que solo espera el término de la misma para sucumbir en medio de una soledad gélida donde tendrá que aprender a vivir.
Quizá muchos piensen que hoy ya las mujeres no tienen esos mismos sentimientos, que ya no son tan dependientes, que su comportamiento no se parece en nada a lo que pasaba hace ochenta años. Quizás. Pero, entonces y ahora, todos, hombres y mujeres, en muchos momentos de nuestra vida nos sentimos conmovidos por la heladora sensación del desamparo producto de la decisión no compartida de una ruptura.
Y es que nuestra protagonista acaba de ser abandonada, habla por última vez con su ex amante, inmersa en un río de reclamos agónicos y desesperados, de promesas vagas, de recuerdos descoloridos, donde su voz desangra desolación, y solo podemos intuir lo que le dicen, por las respuestas que ella da.
Ella, en medio de una habitación llena de lujo, con todo lo material a su alcance y con el único elemento, el teléfono, para poder engancharse a la vida, a esa relación que desde hace cinco años mantiene con ese hombre que dos días atrás la ha dejado para casarse, al día siguiente, con otra mujer.
El teléfono siempre ha atraído a escritores y artistas. “Esa idea de estar hablando con alguien, de crear cierta intimidad y, al mismo tiempo, ser completamente invisible…Se pulsan unos botones y se puede hablar con cualquiera en el mundo. Resulta tan misterioso… Es al mismo tiempo aterrador, inútil, y a veces magnífico…”
Por eso esta mujer que pasa del nerviosismo a la mentira, de la mentira a la seducción, de la seducción al abandono, esta mujer que habla y habla caminando y volviendo a caminar por la escena sin soltar nunca el teléfono, esta mujer que estira el cable de la distancia, que pregunta, disimula, sospecha, a la que vemos de espaldas y de perfil, de la que oímos su timbre suave y encantador transformado de pronto en cruel y vengativo, esta mujer atada a la voz humana que le habla, la voz que necesita oír, la voz a la que su voz responde, la voz que querría tener siempre al lado, es hermana de esta otra mujer moderna que cruza la calle hablando por el móvil, que habla mirando los escaparates, que sigue hablando mientra sube escaleras, esta mujer sin cable, con el oído pegado a la voz, esa voz que le ha hablado siempre al otro lado del teléfono, esa voz necesaria, urgente, la voz que quiere retener, esa voz que no se puede escapar: “¡no, él no me puede colgar!”, “¡no, no me puedes colgar!”, “¡eres, casi mi voz misma!”
Por eso cuando en la escena de Cocteau vemos cómo esta mujer se va enrollando al cuello el cordón del teléfono y desesperada, incrédula, asustada ante tanto silencio, va diciendo “¡Dios mío, que me llame!, ¡Dios mío, que me llame!”, no nos extraña ver a esta otra mujer en la calle pendiente del móvil que acaba también de escuchar un completo silencio y repite lo mismo, “¡Dios mío, que me llame! ¡Dios mío, que me llame!”, antes de caer desvanecida.
galería























